viernes, 20 de mayo de 2016

La persona homófoba - Texto de Roy Galán




La persona homófoba es alguien que no ha viajado,
que no ha leído,
que no sabe escuchar,
que no ha tenido un hijo
y que no se le ha muerto nadie.
Y si ha viajado.
El viaje no pasó por dentro.
Y si ha leído.
Lo hizo desde el prejuicio.
Y si ha escuchado.
Era para después ganar dialécticamente.
Y si ha tenido un hijo.
Fue para perpetuarse.
Y si se le ha muerto alguien.
No sabe lo que es la ausencia.
La persona homófoba es alguien que fue incapaz de ser otra cosa distinta a lo que su educación o la sociedad le dijeron que era.
Que se quedó ahí, en la complacencia, en el corta y pega, en la vagancia mental que supone no querer entender aquello que es distinto.
Qué tristeza haberse quedado como una vino de serie.
Ensimismada.
Siendo incapaz de ponerse en otro lugar.
La persona homófoba es un un ser obtuso.
Es un alumno riéndose de un pantalón fucsia o del pelo corto.
Es un hombre pegando el culo en una discoteca o intentando reconvertir a una lesbiana.
Es una mujer diciendo que no eres hombre por ser gay.
Es un grupo de personas gritándole a un árbitro maricón.
Es un gay diciendo que no soporta a los plumíferos.
Es una lesbiana llamando travesti a una persona transexual.
Es un comentario despectivo sobre las vaginas.
Es un bar en el que no se permiten mujeres.
La homofobia mata.
Deja sin libertad.
Estropea la vida de personas que solo estaban amando.
No hay mayor maldición que haber infligido pesadumbre a otro ser humano.
La homofobia destierra a personas que solo estaban amando a la diáspora del miedo.
Miedo a sufrir.
Miedo a no ser queridos.
Miedo a Dios.
Hacer que otro viva con miedo es una negligencia vital.
La homofobia es un síntoma de esa enfermedad llamada ignorancia.
Y qué desgracia.
Pasar por la vida ignorando el afecto.
Qué tiniebla tan espantosa.
Debe ser.
El tránsito por los días con rabia y con miedo.
Qué horror.
Toda esa necesidad de poder y humillación.
Para sentirse bien.
Parar la homofobia es avanzar de manera hermosa.
Es desprenderse de la mezquindad.
Para confirmarnos.
Que siempre,
siempre,
podemos ser algo mucho mejor.
Es devolver todo el respeto que aprendimos leyendo,
viajando,
escuchando,
dejando a nuestros hijos partir
o recordando a los que partieron y ya no regresaron nunca más.
Es entender que nadie nos pertenece.
Y que amar no es un derecho.
Es una obligación necesaria.
Para poder soportar toda esta vida.
Tan esplendorosa y tan llena de mierda.

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