sábado, 7 de diciembre de 2013

Ecuador y Galápagos (de frivera.)

por frivera


Me registré en OjoDigital en 2004 y desde entonces he estado por aquí de una u otra manera. Voy a seguir por aquí, pero con una menor participación. A partir de enero (ya se sabe, año nuevo...) dejaré mis tareas desde las "interioridades" de la web, y en concreto en esta serie de artículos publicados en portada que he venido coordinando y mi ya escasa labor de moderación. Me pareció un buen broche despedirme de tod@s lo que pasan y han pasado por aquí y con quienes he compartido afición, con un artículo de viajes. Hace ya un tiempo que para mí acabó una etapa fotográfica, que he pasado aquí, y creo que es momento de pasar página de facto. Guardaré siempre un recuerdo imborrable de esta etapa.

Nos seguiremos viendo.

1.
Los Andes. Un mundo vivo.

Ingapirca es el complejo de edificaciones de origen inca más grande de la zona andina de Ecuador. Encaramado en sus 3200 metros de altitud, era en su día el bastión más al norte del imperio inca, y su edificación más importante con funciones astronómicas. Luce imponente en lo alto de una colina. El día nublado, con nubes bajas y una lluvia fina que de vez en cuando nos humedecía ligeramente, auguraba una mañana con ambiente típicamente andino.


Al acercarnos al lugar, apareció un considerable número de pequeños autobuses de colores aparcados en el arcén. ¿Iba a estar lleno de turistas Ingapirca? Nos costó aparcar nuestro vehículo, pero mientras buscábamos un lugar para ello, advertimos con alegría que el gentío que abarrotaba el lugar estaba compuesto exclusivamente por gente del lugar. 


Al parecer celebraban una fiesta para conmemorar el desarrollo sanitario de toda la demarcación, con gente procedente de todos y cada uno de los dispensarios locales y, por lo que pude ver, los pequeños autobuses habían traído gente de toda la demarcación, de la más variada extracción e indumentaria. Realmente los más “raros” éramos nosotros, y, consecuentemente, nos miraban con curiosidad. Sólo vi un grupo familiar de habla inglesa. Es decir, un regalo para mi objetivo y una orgía de retratos, tanto robados como posados.


Poco después de que llegáramos empezó el evento, que consistía en toda una serie de discursos de alabanza al desarrollo sanitario alcanzado en una zona tan rural y de difícil acceso como es la gran mayoría de los pueblos andinos. Supuse por sus discursos que los ponentes, encaramados en una frágil tarima de madera, eran políticos locales y representantes sanitarios y vecinales.


Sin embargo, eso no era lo más interesante, sinó el variado paisanaje: ancianos comiendo helados, un grupo de adolescentes escolares que habían acudido con su maestro; grupos familiares decidiendo qué hacer, mientras que la generación de los abuelos y de los nietos admiraba el gentío y la animación que no debían ser frecuentes en sus aldeas o granjas de origen; niños que rodeaban un "asador" de cuis (unos roedores autóctonos típicos de la zona), que consistía en un agujero en el que se había hecho fuego, sobre el cual los vendedores sujetaban largos palos con los roedores ensartados. En aquella ocasión no los probé, pero he de decir que el olor del asado abría el apetito.


Hicimos la consabida cola para comprar las entradas para la visita de lo que ellos llamaban “el castillo”, es decir, las ruinas de Ingapirca. Sólo podía visitarse de forma guiada en grupos de 20 personas. En otra situación yo habría abominado de la cantidad de gente que había y del sistema de visita. Pero ésta fue la primera vez que mis compañeros de visita eran más interesantes que el lugar visitado. Cualquier otro día hubiéramos disfrutado de una visita solitaria de un lugar imponente, como a mí me gusta. Pero en esta ocasión no lo lamenté.


Después de comer una rica sopa bien caliente, que nos quitó el frio, hubo una representación teatral cómica con tema sanitario. Se trataba de una pareja de mediana edad que llevaba al abuelo a la consulta del médico para que fuera atendido. El médico era una “doctorita” chillona que representaba perfectamente el papel de “funcionario”, en el peor sentido de la palabra. Al final, y después de no pocas risas y diversos incidentes, el abuelo moría en la misma consulta.


Uno de esos ratos que estaba yo sentada en una piedra, esperando algo, la mujer que estaba a mi lado y yo entablamos conversación a propósito de la niña que ella sostenía en brazos. Me explicó que era su nieta, que su madre se había ido y la había dejado a su cuidado. Me dijo su nombre, el de la niña… En fin, la conversación insustancial que se da en estas situaciones, gracias al lenguaje común que nos permitía minimizar diferencias. Dentro de ese contexto, me preguntó:
- ¿Y usted de dónde es? ¿De Nueva York?


No pude evitar una sonrisa, por todo lo que implicaba su pregunta. El desconocimiento del mundo, de los distintos idiomas y sus lugares de procedencia… Pensé que su mundo era realmente muy pequeño. No porque ella no lo hubiera conocido (que tampoco), sinó porque parecía que no iba más allá de su región, y quizá Quito. Era como si el resto del mundo se redujera a la imagen estereotipada que probablemente le ofrecía la televisión, y que, por supuesto, no incluía los idiomas que se hablaban en las distintas partes del mundo.


Sin embargo, quizá su vida había sido completa, quizá la nieta que tenía en sus brazos, y sus hijos, familiares y vecinos le habían proporcionado todo lo fundamental para sentirse aceptablemente satisfecha con su vida. Yo estaba tan lejos de su mundo, allí sentada a su lado, como lo estaría un extraterrestre del espacio exterior. De Nueva York.


 2. Amazonía. Un mundo que se acaba.

Tomamos un vuelo en Quito hasta Lago Agrio, la capital de Sucumbíos, una de las provincias de Ecuador cubiertas por selva amazónica. Desde Lago Agrio, una pequeña población de casa dispersas y calles polvorientas, un autobús nos llevó a través de una carretera llena de curvas a lo largo de dos horas. Tuvimos suerte, porque la habían asfaltado por primera vez no hacía mucho. Hacía menos de un año se tardaban cuatro horas en llegar: las mismas curvas pero con una vía de tierra, más estrecha y llena de socavones. Por supuesto, el autobús no tenía aire acondicionado, así que viajamos con puertas y ventanillas abiertas hasta llegar a El Puente, el lugar donde acaba la carretera y empieza la reserva de Cuyabeno, en la que sólo se permiten asentamientos de etnias locales. No se trata de indígenas sin ropa y con plumas en la cabeza. No. Desde luego su indumentaria dista mucho de la nuestra habitual, y viven en pequeñas casas de cemento o madera, muchas con techumbre de lata o palma.


Bien, desde El Puente recorrimos el rio Cuyabeno en una canoa a motor durante otras dos horas. El Cuyabeno es un afluente del Amazonas, y conforme bajábamos por su cauce, la selva se cerraba en sus orillas, con árboles cada vez de mayor tamaño y porte. Pudimos ver pájaros con plumas de colores llamativos, mariposas gigantes que volaban a nuestro lado pausadamente. Parecía como si nos adentráramos en el paraíso.


Al final del recorrido nos esperaban unas cabañas de madera con techo de palma, sin luz eléctrica y con agua caliente por todo lujo occidental. Dormíamos bajo la mosquitera que nos aislaba, no sólo de los mosquitos, sinó de toda la fauna nocturna autóctona, ya que las cabañas, de acuerdo con el modelo de construcción local, dejaban espacio en tabla y tabla para que pudiera pasar la brisa y refrescara el ambiente. Por la misma razón, entre el techo de palma y las tablas de las paredes quedaba un espacio de medio metro.

Es la primera vez que he dormido con un murciélago posado en la parte superior de mi mosquitera. Claro, que lo prefería a toda la gran variedad de insectos gigantes que pululaban por los alrededores, desde cucarachas del teléfono de un teléfono móvil, hasta una tarántula mayor que mi mano extendida. El encanto del retorno a la naturaleza en la Amazonía ecuatoriana, a escasos 40 kilómetros de la frontera colombiana. La misma selva donde las FARC mantenían a sus secuestrados durante meses, pero en nuestro caso, bajo el paraguas de la frontera ecuatoriana.


Desde este lugar, uno de los días que estuvimos allí, una canoa a motor nos llevó por el rio Cuyabeno durante tres horas, adentrándonos en la selva. Después de atravesar las lagunas que forma el rio, el bosque primario se mostraba en todo su esplendor, con árboles de gran porte, que alcanzaban hasta los 45 metros. Sobre los árboles viven otras especies vegetales, las epifitas, que viven en los troncos, sin raíces, cubriéndolos en su totalidad. Las raíces aéreas crecen hasta el suelo buscando el sustrato, mientras que las trepadoras ascienden enrollándose en troncos y ramas, buscando la luz y formando entre todas un entramado inextricable. La apoteosis del mundo vegetal, que fuera de la reserva han esquilmado los madereros, los agricultores, los ganaderos y los petroleros.


Después de tres horas de navegación en canoa, llegamos a Puerto Bolívar, el último asentamiento humano en el curso del río Cuyabeno. Una docena de casas y una escuelita, rodeados por la selva. Eso era todo. Sus habitantes habían abandonado su forma de vida tradicional y vivían del turismo, conduciendo las canoas a motor para el transporte de turistas, vendiendo básicos productos de artesanía o, como en nuestro caso, conviviendo unas horas con nosotros y mostrándonos cómo se hacen las tortas de yuca, que ha sido tradicionalmente la base de la alimentación indígena.

El ama de casa, vestida con una blusa y una falda, y descalza, como sus cinco hijos, nos llevó en primer lugar al pequeño campo de cultivo donde extrajimos con ella los tubérculos de una planta de yuca de siete meses, los cuales posteriormente lavó y ralló. Tradicionalmente, como rallador se utilizaba la corteza de la base de una palma, que está cubierta de púas, aunque hoy en día vimos que usaba una plancha metálica agujereada. Después escurrió el jugo de la yuca hasta obtener una fina sémola que escurrió de forma ingeniosa, envolviéndola con una red de fibra vegetal y enrollándola para que expulsara el líquido. Después, coló la harina de yuca ya seca con un cedazo de fibra de palma, la cual depositó sobre la plancha de hierro que mantenía caliente sobre el fuego, formando una torta redonda de medio centímetro de grosor, que aplastó y alisó con la cáscara pulida de medio coco. Finalmente la volteó con la mano. Me sorprendió lo compacta que quedó sin necesidad de ningún otro ingrediente. De esta manera pudimos disfrutar de unas sabrosas tortas de yuca recién hechas. Con mermelada de mora silvestre estaban aún mejores.

Nuestra anfitriona se vió asediada constantemente por el más pequeño de sus hijos, que tendría unos tres años de edad, un bichillo que se relacionaba con todos nosotros con su media lengua de trapo. Yo le dí un chicle con el beneplácito de su madre, y a pesar de nuestros avisos de que no lo tragara, lo comió a pequeños pedacitos ante la sonrisa de su madre, tragando cada uno de ellos con fruición. Supuse que no había comido nunca un chicle.


Una vez hicimos la sobremesa, fuimos a bañarnos al río con todos los niños de la familia y otros que se unieron. Era un gozo verlos reír a carcajadas mientras jugaban a lanzarse barro de la orilla, habiéndose distribuidos todos en dos grupos enemigos. Durante ese tiempo pudimos ver algunas mujeres que bajaban a lavar la ropa al río, o a acarrear agua, o incluso a bañar un bebé en las aguas marrones del río. La vida cotidiana, sencilla y básica, siguiendo su rutina. El mito del buen salvaje modificado por la creciente adaptación a la vida occidental, que les ofreces algunas comodidades. Es más fácil cobrar por hacer tortas de yuca que dedicarse a cazar. Por eso han dejado de hacerlo. Y las próximas generaciones, los niños que jugaban a guerras de barro en el río, con acceso a la escuelita de la aldea, profundizarán aún más en ese camino. Toda una forma de vida que se extingue. Pero, ¿quiénes de nosotros cambiaríamos nuestra vida por la de ellos, con viviendas precarias que se llenan de insectos, sin agua corriente ni luz eléctrica? ¡Y sin un fácil acceso a la sanidad! De hecho, me pidieron que atendiera a una “anciana” de 45 años con dolor en la cadera desde hacía 15 días, cosa que por suerte pude hacer, enviándole al día siguiente medicación de la que disponía en mi cabaña.

Nuestra anfitriona nos contó que cuando era joven (ahora tenía... ¡30 años!) a su padre lo habían macheteado por una cuestión de rencillas, con graves lesiones en la cabeza y un brazo, y hubo de ser trasladado a un hospital en Quito, el único lugar de Ecuador don podían tratarse dichas lesiones. Ella lo acompañó para cuidarlo, debiendo llevarse también a su primer hijo. Fue la única vez en su vida que había salido de la reserva y nos contó su sorpresa ante el frio (Quito está a casi 3000 metros de altitud), cómo notaba heladas las manitas de su entonces único hijo. Decía que no le gustaba el hospital, que sufría al ver a su padre tan grave, pero que sus heridas le provocaban náuseas, y que las gentes de blanco que lo curaban la sobrecogían… Daba la impresión de que contaba sus recuerdos de viaje al lejano Marte. O a Nueva York.

2. Galápagos. Vestigios de un mundo extinguido.

13 islas de más de 10 kilómetros cuadrados, 5 islas pequeñas y 215 islotes. Sólo 5 islas están habitadas, y dos tienen aeropuerto. Todas ellas perdidas en el Pacífico y rodeadas de sus aguas de color esmeralda.



El archipiélago emerge de las aguas por el oeste, donde la tierra es reciente, todavía en proceso de formación, con volcanes y lava, y se desplaza a lo largo de miles y miles de años hacia el este, donde se encuentran las islas geológicamente más antiguas, llanas y que se van hundiendo imperceptiblemente en el océano. Las islas Galápagos son un mundo en sí mismo, que nace, crece, evoluciona y muere. Su flora, y especialmente su fauna, son diferentes a todo, y diferentes también entre una isla y otra isla. Diversas subespecies que permitieron a Darwin enunciar su teoría de la evolución de las especies mediante la adaptación al medio, tan diferente entre unas y otras islas.


Las tortugas de la isla de Santa Cruz crecieron hasta adquirir un tamaño gigante, y alargaron su cuello para poder alcanzar las hojas de los árboles y arbustos, cuando no existía vegetación a ras de suelo. El último ejemplar puro de esta subespecie, el “solitario George”, murió en junio de 2012 sin haber tenido descendencia. Otras subespecies se pasean por otras islas tal como las vieron los tripulantes del Beagle.


Viendo los inmensos paisajes de las Galápagos, y viendo los animales que las habitan, que no huyen de los humanos porque no han sido cazados nunca, uno puede imaginarse el mundo que existió antes de que la especie humana se desparramara por todo el globo.
Surcamos las aguas profundas del Pacífico, entre las islas, navegando en pequeños barquitos (alguno incluso demasiado pequeño para las olas de mar abierto durante la tormenta), acompañados de aves de nombres exóticos, desconocidos para nosotros, conociendo islas e islotes: Isabela, Tortuga, Floreana…


Los lobos marinos descansan en los pequeños puertos, y las iguanas toman el sol entre las casas, en calles sin asfaltar y sin coches. Pero la atmósfera de un mundo extinguido se respira aún mejor cuando caminamos un par escaso de kilómetros desde el pequeño puertecillo de Floreana hacia el interior de la isla (con escasos 100 habitantes en total), y encontramos un grupo de lobos, con sus crías, que viven de forma estable en un brazo de tierra que se adentra en el mar.


Insólita es, cuando menos, la sensación de caminar entre ellos y verificar que sólo a veces abren los ojos y te miran perezosamente, comprobando que no se trata más que de otro animal, ahora humano, más tarde una iguana. Esa sensación sólo la he tenido en este lugar.

Ver de cerca cómo mama un pequeño lobito de su madre, o el desaire de una hembra ante los requerimientos del macho, es algo que hace imaginar un mundo ya extinguido e ingenuo, quizá un planeta poblado por estos seres diferentes, que se muestran ante nuestros ojos por primera vez sin temor, recato ni moral, tan inocentemente como la especie humana dejó de hacerlo hace milenios. El mito del paraíso antes de Adán y Eva.


 Francisca Rivera Casares.

Fuente: OjoDigital  
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