viernes, 28 de diciembre de 2012

La Bretaña: recorriendo esta bella región de Francia (de Elenaburn & Sowhat)


por frivera


Hoy es jueves y son las 8 de la mañana cuando por fin, y tras muchas deliberaciones sobre el destino de vacaciones culturales de este año 2012, ponemos rumbo a la Bretaña Francesa, tierra de Asterix y Obelix.

Por delante nos esperan 1000 kilómetros de carretera, 40 euros de peajes y varias paradas técnicas hasta llegar a Rennes, primera base de operaciones durante 4 noches para movernos por la zona noreste de la Bretaña.

Ya en Rennes dejamos el equipaje y tras una ducha rápida y cambiarnos de ropa bajamos al centro a tomar algo; allí vemos por primera vez con bastante emoción las famosas casas bretonas

La plaza estaba llena de gente y había muchas terrazas, así que nos sentamos y nos metimos entre pecho y espalda una pinta bretona de cerveza y un refresco de cola (no nos dieron coca-cola, milagro!), ambas bebidas con sello bretón y de una calidad excelente.

Y tras esta primera vista de lo que nos va a esperaba nos fuimos a dormir; al día siguiente habíamos decidido visitar el famoso Mont Saint Michel aprovechando que anunciaban un día soleado.

Hemos decidido votar los pueblos y las zonas que hemos visto en función de su belleza con flores, como hacen allí, la puntuación máxima son cuatro. 

Viernes 1 de junio: comienza la aventura bretona en forma de Mont Saint Michel

Nos levantamos a las 8 de la mañana y preparamos todo para ir a Saint Michel; decidimos ir allí a primera hora para evitar aglomeraciones de gente, después fuimos a Cancale y A Saint Malo, dos pueblos costeros famosos por su marisco. Como guinda del día volvimos a St Michel para verlo por la noche iluminado.

Según nos íbamos acercando al monte, por carretera ya lo veíamos a lo lejos desde los campos de cereal, fue muy emocionante, sólo entonces nos dimos cuenta de porque es el segundo lugar mas visitado de Francia después de la Torre Eiffel.


Llegó un punto en el que tuvimos que dejar el coche y continuar el peregrinaje al Mont andando; nosotros como buenos turistas hicimos caso de las indicaciones y nos dirigimos al parking que anunciaban los carteles pero al ver los precios, unos 17 euros por tres horas mas o menos, exclamamos los dos a la vez OH LA LA que dirían por allí y decidimos dar marcha atrás y aparcar “a la española”, o sea en el parking de un restaurante muy cercano al de pago y sobre todo, gratis.

Tras dejar el coche nos esperaba una caminata de una hora hasta las puertas de la fortaleza, así que fuimos para allá. Después nos dimos cuenta de que hay unos autobuses gratuitos que te ahorran la mitad del camino.

Una vez que llegas al Mont y entras dentro te encuentras un ambiente medieval espectacular, con todas las casas de piedras y madera, perfectamente conservadas y llenas de tiendas de souvenir y restaurantes en sus locales bajos. Hay que seguir andando hacia la zona alta del Mont hasta llegar a la Abadía, en la que puedes entrar por unos cuantos euros, nosotros decidimos no hacerlo.


Una vez visto el Mont por dentro decidimos poner rumbo a nuestro siguiente destino, Cancale, no sin antes hacer un alto para tomar un pequeño picnic por la zona. Volvimos por la noche a St Michel pero nos llevamos su imagen grabada en la retina, bien vale una larga caminata de una hora, o de dos si es necesario.

Tras un ratito de coche llegamos a Cancale, el primero de los pueblos bretones que pensábamos visitar.

Cancale es un pueblo pesquero muy pequeño pero muy bonito, todas las casas del centro son de piedra y están muy bien conservadas; esta villa se caracteriza por la justa reputación en el mundo gastronómico de la calidad de sus ostras.

Por cierto aquí hizo un día magnífico, la gente estaba tomando el sol en la playa.

Tras dar un paseo por el pueblo nos encontramos lo mejor de todo, los puestos de ostras y decidimos darnos un homenaje y probarlas, elegimos unas que por su tamaño costaban a 5 euros la docena, así que nos sentamos en una zona de la playa en la que todo el mundo come las ostras y tira las cáscaras a la arena y tras comer las 12 ostras nos dimos cuenta de que no estaría mal calzarnos otras doce, en total 24 ostras por 10 euros.


Así que muy satisfechos nos fuimos a buscar el coche y a por el próximo pueblo, Saint Malo, eso si, con el cuerpo empezando a sufrir el cansancio del viaje del día anterior y la caminata hasta Saint Michel.

Saint Malo es una pequeño pueblo marítimo famoso por albergar en el pasado a los corsarios franceses; hemos de reconocer que aunque nos habían hablado de este pueblo como uno de los sitios menos atractivos de la bretaña a nosotros nos resultó muy bonito.

Está amurallado y el recorrido por sus calles más céntricas es una pasada, casas medievales de piedra y muchas tiendas de dulces bretones y como no los famosos macaroons franceses.


En este momento de la tarde, muy cansados ya, teníamos que decidir entre terminar el día en Saint Malo o regresar al Mont St Michel para ver el anochecer, y nos decidimos por la piedra angular de la Bretaña, el Mont.

Ya en Valladolid nos hemos dado cuenta de que Saint Malo hubiese merecido un poco mas de tiempo del que le dedicamos, pero ver iluminado St Michel por la noche pudo mas.

Como llegamos pronto al Mont decidimos echar unas cuantas fotos por dentro, sin apenas gente, hasta que anocheciese y estuviese iluminada la abadía:


 Y llegó el momento en el que se puso el sol y las luces se encendieron.


Y tras tirar una buena ristra de fotos y contemplar el espectáculo nos dirigimos hacia el coche para volver a Rennes, siendo conscientes de que puede que sea la única vez que visitemos Saint Michel. Eran las 00.30 cuando conseguíamos meternos en la cama. Sin duda el día mas duro de todo el viaje, pero mereció la pena.


Sábado 2 de junio: del sol a la lluvia y de Saint Suliac a Dinan

El sábado nos levantamos un poco mas tarde, a las 9 de la mañana. Hoy nos esperaba un día mas relajado, teníamos en la hoja de ruta cuatro pueblos para visitar: Saint Suliac, Dol de Bretagne, Combourg y Dinan

Saint Suliac es un pueblo pesquero muy pequeño y coqueto, buen comienzo de ruta ya que se recorre rápido.

Está plagado de casitas de piedra con las fachadas llenas de enredaderas y flores, algunas con las típicas redes de pescar colgadas.

Tras ver la iglesia, la zona de amarre de las barcas de pesca y recorrer sus calles volvimos a por el coche y fuimos a por el siguiente pueblo de a ruta, Dol de Bretagne, del que habíamos oído hablar muy bien.

Llegamos a Dol de Bretagne a mediodía, casi hora de comer francesa.
Este pueblo es mas grande que Saint Suliac y nos gustó mas, tiene una inmensa catedral (para el tamaño de la villa) pero sobre todo tiene unas preciosas casas bretonas en la que llaman Calle de los Estuardo. Mientras estábamos esperado a que retirasen algunos vehículos de la calle conocimos de casualidad al alcalde, que nos vio haciendo fotos y se acercó a hablar con nosotros, en francés por supuesto, aunque al final conseguimos entendernos en inglés jejeje.


Recorriendo estas calles consigues transportarte a otra época y es una sensación genial.

Una vez visto Dol pusimos rumbo a Combourg para poder visitar su famoso Château o castillo.

Llegamos a la villa y tras estar andando un buen rato alrededor del muro que rodea su castillo vimos que los sábados estaba cerrado al público (horror). Así que dimos otra vuelta pequeña por las calles más céntricas y un poco enfurruñados y sin poder ver el castillo (y sin fotos claro) fuimos a buscar el coche para por rumbo al último pueblo del día, Dinan. Lo peor, empezaban a caer gotas y nos quedaba, en teoría, el mejor pueblo por ver de esa zona de la bretaña.

Llegamos a Dinan lloviendo, mal. Es una villa bastante grande pero tuvimos la suerte de aparcar al lado de la oficina de información y turismo; allí nos dieron un plano con dos recorridos para hacer, así que cogimos el mas asequible de hacer por el tema de la lluvia, o sea recorrer su centro histórico.

Como odiamos hacer turismo lloviendo nos sentamos a comer una crêpe de chocolate a ver si paraba de caer agua y de paso merendábamos. Y en la foto, la Crepería en cuestión:


Y, de repente, dejó de llover, así que cerramos el paraguas y a andar por Dinan. Allí es donde ya te das cuenta de que no es una ilusión, las casas bretonas están muy torcidas, las vigas de madera apuntan en una dirección y las ventanas en otra, es fascinante ver cómo se sostienen en esas condiciones.

El pueblo nos resultó muy bonito pero al ser mas grande y tener bastante tráfico nos dio la sensación de que pierde parte del encanto al recorrerlo.

Está lleno de casas bretonas y tiene unos rincones muy chulos, así que para finalizar el día fue perfecto.



Domingo 3 de junio: triangulación y como vértice ganador Vitrè


Hoy era el último día que teníamos para terminar de ver la zona noreste de la Bretaña y para ese día habíamos planeado ver Rennes (capital de la región bretona), Fougères y Vitrè.



Aprovechamos el comienzo del día para pasear por Rennes, ya que al habernos alojado allí, mas o menos la conocíamos por las escapadas nocturnas para tomar pintas de cerveza.


La verdad es que nos sorprendió muy gratamente la ciudad, lo primero que fuimos a ver es la Place St Michel que ya habíamos visto por la noche, llena de casas de madera torcidísimas y con varias callejuelas rodeándola igual de bonitas; en ella está la imponente iglesia de Saint Aubin, con la fachada cubierta de enredaderas.


Desde allí nos pusimos a callejear sin plano, recorriendo el centro de la ciudad hasta que llegamos a la famosa Place de la Mairie con la Opera (en la foto) y el Ayuntamiento, una zona muy señorial y elegante de Rennes.


Y siguiendo el recorrido por el centro te encuentras infinidad de casas bretonas de madera, de todos los colores, tamaños, formas, mas inclinadas, menos, una pasada en resumen.


Y después de “jartarnos” de Rennes decidimos acercarnos a nuestro siguiente destino: Fougères

Llegamos a Fougères a la hora de comer y decidimos pedir algo en una crêperia; debemos de haber tenido mala suerte con las crêpes porque nos han parecido bastante mediocres, insípidas y secas, pero ya no se puede arreglar.

Para rematar Fougères nos decepcionó bastante, tiene alguna casa bonita, un castillo que no está mal pero poco mas, nada que ver con Rennes o Dinan. Lo mejor fue que nos encontramos un desfile de coches antiguos

Así que sin muchas dilaciones nos fuimos al encuentro de una de las sorpresas del viaje: Vitrè.

Llegamos a Vitrè por la tarde, un poco cansados ya, pero al entrar a la villa y aparcar el coche nos encontramos con una de las callejuelas de acceso a centro y nos quedamos bastante sorprendidos con el “recibimiento”. Desde donde aparcamos ya se veían los restos de una muralla, la entrada a una calle llena de casas antiguas y su impresionante castillo.


Vitrè está llena de casas bretonas de madera y piedra de colores, calles adoquinadas y lo mantienen muy bien conservado. Estuvimos un rato tirando fotos de las calles hasta llegar a su magnífico castillo de cuento. Justo cuando llegábamos a la altura de las puertas nos dimos cuenta de que estaban cerrando.

Lástima que el sol nos pillaba de frente y no pudimos hacer unas fotillos decentes. Una de las cosas que mas me gustó del castillo fue ver que tenía foso, como los de los cuentos.

Y después de sentarnos un ratito en un banco a descansar y disfrutar de las vistas de esta preciosa villa volvimos al hotel para pasar en él nuestra última noche. Mañana viajábamos a otra zona. Próxima parada la Costa de Granito Rosa ¡que nervios!


Lunes 4 de junio: rumbo a la Costa de Granito Rosa y al mar

El lunes recogimos todo y abandonamos el hotel y Rennes, había llegado el momento de partir hacia Perros-Guirec y la costa de granito rosa. Teníamos ya muchas ganas de ir hacia zona marítima pura después de pasar tres días viendo pueblos.


Nos esperaban dos horas y media de viaje porque teníamos pensado parar en Paimpol para probar los famosos Moules, o mejillones en cristiano.

Y tras un viaje de lo mas tranquilo llegamos a Paimpol a la hora de comer así que bajamos a la zona del puerto. Allí vimos muchos restaurantes de moules y demás marisco y sin pensarlo dos veces nos sentamos en la terraza de uno a empujarnos un par de raciones de mejillones con patatas fritas, una a la marinera y otra con una bechamel líquida. Nos supieron buenos lo de bechamel, los otros un poco mas flojos. Nada que ver con lo que degustaríamos mas adelante.

Dejamos Paimpol y en un ratito aterrizamos en Perros-Guirec.Tras dejar las cosas y hacernos con un plano de la zona en Información y Turismo nos fuimos echando chispas a Ploumanac'h, el corazón de la costa de Granito Rosa.

Allí dejas el coche en el parking público y comienzas a andar por un camino de tierra que rodea la maravillosa costa. Hay muchas calas y pequeñas playas que parece que están protegidas por la inmensidad de los bolos de granito.


Parece que estás en el Jurásico y que en cualquier momento va a aparecer un enorme dinosaurio de detrás de un montículo.


Para alcanzar la “joya” de Ploumanac´h tuvimos que continuar andando un buen rato, siempre disfrutando de las magníficas vistas de esta zona de costa. Y de pronto apareció a lo lejos, el faro de Mean Ruz.


Después de estar un buen rato recorriendo esa zona decidimos que por la noche regresaríamos con los trípodes a echar unas cuantas fotos nocturnas de los piedrolos y el faro, y muy contentos porque el viaje nos está pareciendo la bomba y mas, volvemos a Perros-Guirec a comer algo y a preparar la excursión para el anochecer.

En ese momento decidimos que La Bretaña es una gozada en mayúsculas.


Martes 5 de junio: vuelve la lluvia pero por la tarde llega la tregua hasta Crozon

Tras despedirnos de Perros-Guirec y Ploumanac´h cogimos de nuevo el coche para ir bordeando la Costa de Granito Rosa y avanzar en nuestro recorrido. Hoy teníamos que llegar hasta la península de Crozon y a nuestro siguiente hotel en Plomodiern.


La idea era ir haciendo paradas por la costa para ver las playas y los rincones de esta zona mas salvaje, pero el día amaneció lloviendo, así que las paradas las tuvimos que hacer con paraguas.

Cierto que encontramos ratos de tregua, aunque no fue lo habitual de la mañana.

Las mansiones de estilo victoriano nos han dejado muy sorprendidos, tanto por la cantidad de ellas que hay como por lo bonitas y bien conservadas que están, vaya casoplón de verano a orillas de una playa.


Después de estar paseando un rato un par de playas se puso a llover mas en serio por lo que decidimos ir directamente a Plomodiern para dejar las cosas en el hotel.

Y una vez listos para seguir con la ruta de ese día, al salir del hotel de se produjo por segunda vez el milagro, dejó de llover. Así que mas contentos que un ocho nos fuimos en busca de los acantilados de la zona de Crozon.


Primero nos acercamos a Punta Penhir, las vistas del mar cortado por las rocas nos resultaron magníficas.


Después de Punta Penhir decidimos acercarnos a ver a otra punta y en el camino paramos en una playa desde la que se veía el arco de Punta Dinan

Y tras una breve visita a los acantilados de Punta Dinan llegó el momento de volver al hotel para descansar.

Habíamos previsto otras dos jornadas, la primera para visitar la zona mas al suroeste pasando por los pueblos más pintorescos de la zona y una segunda jornada para visitar la zona mas al sudeste de la Bretaña y recorrer Josselin, Rochefort en Terre y Quiberon. El tiempo daba bastantes lluvias y hasta el último momento estuvimos muy indecisos. Optamos por saltarnos la zona suroeste, así que reservamos hotel en Vannes y cruzamos los dedos para que se produjese el milagro por tercera vez, que dejase de llover. Y con éstas nos fuimos a dormir.


Miércoles 6 de junio: arriesgando con el tiempo y ganando en Rochefort En Terre

Hoy ya era nuestro último día seguramente, así que recogimos todo para poner rumbo hacia Vannes y otra vez fuimos afortunados ¡¡había dejado de llover!!


Así que cogimos carretera y manta y nos pusimos en camino. Nuestro primer destino, encontrar la villa de Saint Cado y su Maison en medio de la ría (la habíamos visto en una postal y Dani se empeñó en encontrar esa casa y vaya si acertó). Saint Cado es un pueblo muy pequeño de pescadores y su principal atractivo es esa casa sobre un trozo de tierra en medio de la ría.


Justo en frente de la casita encontramos en restaurante familiar donde comimos unos mejillones que estaban de escándalo, los mejores de todo el viaje. Y con el estómago lleno decidimos acercarnos a Josselin, aprovechando la tregua de la lluvia.

Josselin es un pueblo con una zona de casas bretonas bastante antiguas y muy bien conservadas, aunque la que mas nos llamó la atención fue una que data de 1538 (46 años después del descubrimiento de América!) y su enorme y bien conservado castillo.


Así que después de ver este precioso pueblo cogimos el coche para ver nuestro penúltimo destino del viaje, la villa de Rochefort en Terre

Y encantados nos dirigimos a Rochefort en Terre, del que habíamos oído hablar maravillas.

Una vez que aparcamos el coche en Rochefort nos sentimos transportados a otra época y es que esta pequeña villa nos ha cautivado; andar por sus calles es entrar en el medievo casi, con sus casas de piedra llenas de flores.


La mayoría de las casas están ocupadas por negocios de artesanía, desde alimentación a anticuarios de muebles.

Este pueblo es muy pequeño, se recorre en muy poco tiempo pero es, con Vitrè, el que mas nos ha gustado, por su estado de conservación impecable, por sus casas y palacetes de los siglos XVI y XVII, por su plaza y por todo. Esta resultó ser la guinda perfecta del viaje, que ya se acababa.


Y después de dejar atrás con pesar esta preciosa villa nos dirigimos al último destino de este viaje inolvidable, la península de Quiberon, que es un pequeño saliente de tierra de la zona sur de Bretaña que no llega a 10 kilómetros de largo, pero que nos habían recomendado visitar.

Quiberon tiene dos tipos de costa, la tranquila de playas y calas y la salvaje de acantilados y fuerte oleaje. Nos decidimos por la salvaje que empezaba con la vista del Château Turpault sobre la roca; definitivamente nosotros también queremos esta “casita de verano”.


El problema de nuestra visita era que empezaba a llover.

A pesar de la lluvia decidimos avanzar con el coche por la costa salvaje para ver si veíamos algo interesante y parar y efectivamente, nos encontramos un estupenda marisquería en medio de la nada con el parking lleno de coches. Eso es parada obligatoria, sobre todo si estás esperando a que deje de llover, que era nuestro caso.

Después de cenar cogimos el coche de nuevo, pero llovía mas, así que recorrimos un pequeño tramo de la costa salvaje y decidimos volver hacia el hotel, donde teníamos que recoger todo y decidir si al día siguiente regresábamos a Valladolid o nos quedábamos por allí.

Decidimos volver a casa porque la previsión meteorológica para los días siguientes era de lluvias fuertes y abundantes.

Al día siguiente nos despedimos de la Bretaña bajo una tromba de agua, agua que supusimos necesaria para mantener el verde que inunda toda esta zona de Francia, llena de prados, campos, árboles, acantilados, casas bretonas, châteaux o castillos, pueblos que en las fotos no se parecen siquiera a lo que ves en realidad y una gente superamable. ¿Volveríamos? Sin duda.

Elena Pueyo Ruiz y Daniel Viñé Garcia


Fuente: OjoDigital
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