sábado, 31 de marzo de 2012

Abierto toda la noche


En Panamá, durante la estación seca, el árbol balsa abre sus flores al ponerse el sol para alimentar a un caleidoscopio de especies.

Por Natalie Angier
Fotografías de Christian Ziegler

El club Ochroma es el bar de moda en la isla Barro Colorado, y yo he llegado demasiado pronto para el happy hour. Estoy en la Estación del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales. Son las cuatro menos cuarto de la tarde y me encuentro encaramada en una torre improvisada de 30 metros de altura frente a un majestuoso árbol Ochroma pyramidale que mide más o menos lo mismo. Más conocido como árbol balsa, Ochroma crece en muchos países de América Latina y es el árbol del que se obtiene la madera ligera usada en las maquetas ensamblables de dinosaurios, en los palitos de los polos y en la balsa Kon-Tiki que construyó Thor Heyerdahl para su expedición a través del Pacífico.


Las mejillas manchadas de polen de este kinkajú delatan que ha estado toda la noche bebiendo el néctar de un Ochroma, o árbol balsa.

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Una zarigüeya lanuda bebe de un estanque de néctar, donde también hay dos abejas meliponas que irán a parar a sus fauces. Cada noche se abren entre 50 y 60 flores en un árbol balsa, y cada una de ellas produce unos 30 mililitros de néctar.

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Una mantis religiosa en alerta máxima aguarda la llegada de los insectos que durante la noche acuden a recoger el polen de las flores de Ochroma. Al fondo brillan las luces de los barcos que navegan por el canal de Panamá.

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Monos capuchinos de cara blanca, como esta madre y su cría, acuden cada día a sus árboles favoritos justo antes del anochecer.

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Un destello azul y esmeralda advierte de la llegada de un colibrí.

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Unas abejas africanas pululan alrededor de una flor de Ochroma justo después de ponerse el sol. Las abejas buscan el polen; si aterrizan por error en el estanque de néctar de una flor, probablemente se ahogarán. Su capacidad para ver con menos luz que las abejas meliponas nativas les proporciona una ventaja competitiva de noche. Mientras es de día, las abejas nativas a menudo bloquean el acceso a las flores.

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Una joven boa constrictor acecha inmóvil desde otra flor (arriba); a la serpiente no le interesa el néctar de Ochroma, pero no le importaría nada merendarse a un colibrí.

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Un murciélago lanceolado mayor se cierne sobre una flor de árbol balsa. Durante mucho tiempo se pensó que los murciélagos eran los polinizadores principales de Ochroma, pero recientes investigaciones indican que casi todo el trabajo lo hacen los mamíferos arborícolas.

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Un olingo, pariente de menor tamaño del kinkajú (ambos son mamíferos del bosque lluvioso relacionados con los mapaches), agarra una flor maltrecha. Los kinkajúes a menudo ahuyentan a los olingos, pero estos, más rápidos, suelen quedarse en los árboles, lejos del alcance, hasta que las flores producen una nueva remesa de néctar.

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Un colibrí incuba los huevos en un nido construido parcialmente con fibras del fruto del árbol balsa, que aparece una vez se marchitan las flores polinizadas.

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Unas abejas africanas beben el néctar de una flor de Ochroma, mientras una avispa negra descansa sobre un pétalo.

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Bajo la pálida luz de luna que precede al amanecer, un pequeño gecko en busca de insectos se apoya en una flor.

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