martes, 28 de febrero de 2012

Los mares de Arabia


Los poetas loan sus tesoros. Los explotadores los agotan. 

 Y ahora los activistas intentan preservarlos.

Por Kennedy Warne
Fotografías de Thomas P. Peschak

Su rostro, curtido y bronceado, recordaba la cáscara de una nuez. Sus ojos, habituados a lidiar con la luz cegadora de Arabia, estaban entornados. El shamal soplaba desde el mar en rachas abrasadoras, venciendo incluso la resistencia de las palmeras datileras. «Es el viento de poniente –dijo con voz profunda–. Noto su calor.»
Tras él, la aldea de Film, incrustada en las montañas de la península omaní de Musandam, cintilaba como un brasero. Las cabras jadeaban a la sombra de las barcas colocadas boca abajo y de los muros de una mezquita. El mero hecho de respirar hacía que mis fosas nasales estuviesen a punto de entrar en combustión. El yemení Sami Alhaj, mi compañero de buceo, me dijo: «Bajo el agua, con los corales, tenemos un pedacito de cielo. Fuera de ella, con este viento, un pedacito de infierno».






En invierno los jóvenes tiburones ballena acuden al golfo de Tadjoura, frente a la árida costa de Djibouti, para alimentarse del plancton de sus nutritivas aguas. El pez más grande del mundo (pesa más que un elefante) se está convirtiendo en un símbolo del rico, pero apenas protegido, patrimonio marino de Arabia.















En las lonjas de pescado que hay a lo largo de la costa omaní, las capturas diarias se ponen en hielo y se cargan en camiones con destino a Dubai. Algunos científicos temen que la demanda asiática de aletas de tiburón diezme ciertas poblaciones locales, entre ellas las de tiburón martillo, tiburón toro y tiburón de puntas negras.














Fuente: National Geographic España
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