jueves, 27 de octubre de 2011

Parque de los Adirondack


Siempre virgen

La extensa reserva del estado de Nueva York pervive en un extraordinario equilibrio entre los intereses modernos y el bosque primigenio.

Por Verlyn Klinkenborg
Fotografías de Michael Melford
Desde mi casa, a dos horas al norte de la ciudad de Nueva York, percibo el magnetismo de los montes Adirondack, a otras dos horas en dirección noroeste. La atracción es tan intensa como la que ejerce Manhattan pero en sentido contrario: el reclamo de un territorio con pocas carreteras y poca gente. Aquí, el mundo exterior parece desvanecerse tras el abrazo de las montañas, aisladas por ríos y lagos. Ascienda hasta lo más alto de los High Peaks, y a su alrededor no verá otra cosa que los Adirondack.
Desde mediados del XIX no han dejado de llegar visitantes a estas montañas. Hoy puede accederse a los Adirondack tomando una salida de la autopista Albany-Montreal, lo cual no im­­pide que uno tenga la sensación de ser engullido por el paisaje más remoto del mundo.



En otoño, arces y abedules convierten en una obra de arte la caída de sus hojas sobre la superficie oscura del lago Placid, junto a la población homónima. Con miles de lagos y charcas, el parque es el destino favorito de quienes practican remo y el centro de una tradición centenaria de constructores de barcos.


El sol ilumina las laderas del Algonquin y el Wright, dos de los más de 40 montes de los High Peaks que superan los 1.200 metros. En otro tiempo devastada por la tala y la industria, la región ha experimentado un resurgimiento de sus bosques, ríos y lagos.


En la ruta al monte Goodnow, un abedul amarillo parece engullir una enorme roca. Con sus árboles tenaces y su vida salvaje en recuperación, el Parque de los Adirondack es un milagro de regeneración. La protección legal que ofrece el estado de Nueva York y el compromiso de sus defensores animan a confiar en que se mantendrá siempre virgen.


La corriente arrastra la hojarasca, junto a un tronco caído de abedul.


Hojas de fresno y arce flotan en el lago Cascade, meras partículas de biomasa que el parque genera cada otoño en forma de hojarasca.


La vegetación ribereña del lago Lower Saint Regis se doblega ante la fuerza del viento.


Una cámara sumergida nos muestra los nenúfares del lago Eagle. La acidez causada por el dióxido de azufre de las centrales eléctricas acabó con los peces de muchos lagos del parque. Gracias a la Ley del Aire Limpio y otras medidas, algunos se están recuperando.


Un colimbo grande nada en Little Clear Pond. El agudo reclamo de esta ave es uno de los sonidos más inquietantes que pueden oírse en el mundo animal, y una voz característica de los Adirondack.


La niebla matutina oculta parcialmente la superficie del Bear Pond y los valles al pie de St. Regis Mountain.


Una cámara sumergida nos muestra los nenúfares del lago Eagle. La acidez causada por el dióxido de azufre de las centrales eléctricas acabó con los peces de muchos lagos del parque. Gracias a la Ley del Aire Limpio y otras medidas, algunos se están recuperando.


La paleta cromática del bosque de los Adirondack varía con las estaciones. En la delicada nervadura de una hoja de un arbusto del género Viburnum, el verde del verano cede paso al rojo otoñal a medida que la clorofila desaparece y emergen los pigmentos inferiores. 


La química estacional tiñe de rojo los helechos.


El invierno cubre de nieve el monte Van Hoevenberg, cuya cumbre de 900 metros de altitud es un tapiz de abetos del bálsamo y píceas. Los picos más altos están coronados por árboles enanos de hoja perenne llamados krummholz, del alemán «tronco retorcido».


Completando el ciclo de las estaciones, un arce resiste los ataques del crudo invierno.


En los Adirondack, la frontera entre las estaciones es sutil. La primavera se diluye en el verano, y el invierno casi siempre llega antes de la consagración del otoño. Cerca de Chapel Pond las primeras nieves se dejan caer antes de que los arces se hayan desprendido de sus hojas.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...