martes, 28 de junio de 2011

Japón, país de contrastes (de Gorkanet)


Solo hay que poner un pie en cualquier estación de metro para darse cuenta. Llevan los mismos trajes y cargan los mismos maletines, pero las riadas de trabajadores avanzan con paso marcial. Sin gritos, sin empujones. Estás en el país más correcto y educado del mundo. Y también en el más extravagante. Es Japón, y es diferente a todo lo que hayas visto hasta el momento.

Japón enamora desde el primer instante. Lo notas nada más desembarcar en Narita; vas a estar como en casa. Nuestro viaje, que empieza y acaba en Tokio, durará dos semanas, en las que haremos un recorrido por el sur del país, sin salir de Honshū, la isla principal.

Hogar de treinta y cinco millones de personas, 70 líneas de tren y metro, centenares de templos, y miles de descomunales cuervos, Tokio fascina por sus contrastes. Tradición y modernidad se dan la mano y caminan en la más perfecta armonía. Lo forman decenas de villas, barrios y distritos, que funcionan a modo de sub-ciudades. Distritos con enormes rascacielos, tan anchos que incluso son atravesados por autopistas, pero también barrios de casas bajas y pequeñas huertas. Y todo a la vuelta de la esquina.

Como digo, Tokio es una ciudad descomunal, y para poder empaparse bien de todos sus rincones, es necesaria una buena planificación, un buen calzado, y un típico paraguas transparente. Sí, has leído bien. Si viajar consiste en conocer, integrarte y así poder disfrutar de nuevos lugares y culturas, el paraguas transparente de mango blanco va a ser una prolongación de nuestro brazo aquí en Japón.



Bienvenidos a Japón
El primer día, para entrar en calor, después del agotador viaje de más de 14 horas, lo mejor es subirse al metro, para ir familiarizándonos con él, y acercarnos hasta el parque Yoyogi, en el barrio de Harajuku. Los domingos es puro espectáculo, reuniéndose en él toda clase de tribus urbanas, que deleitan al curioso con música, baile y sobre todo, mucha pose. Imprescindible.


Dos generaciones, un domingo en el parque Yoyogi


En el mismo parque, caminando unos minutos, se encuentra el santuario de Meiji Jingu, el más importante templo sintoísta de Tokio.


Boda sintoísta en Meiji Jingu


Si nos dirigimos otra vez hacía la estación de metro, nos encontraremos con Takeshita-dori, una calle peatonal convertida en templo de la extravagancia tokiota. Mi recomendación, acercarse a uno de los impresionantes puestos de crepes, y perderse entre tiendas de ropa para perros y lolitas góticas. Muy cerca está ‘Kakiya sushi’, un bar de sushi giratorio muy recomendable.

Ginza es el distrito donde, entre rascacielos, se agolpan las marcas de lujo occidentales y locales. Merece la pena perderse en la sección de alimentación de ‘Mitsukoshi’, y deleitarse con sus degustaciones gratuitas de productos japoneses. Aquí en Ginza también encontramos Kabuki-za, el más importante teatro Kabuki de Tokio. Una función puede resultar extenuante para un occidental inexperto (pueden durar hasta 5 horas), pero teniendo tiempo, el bajo precio de las entradas anima a entrar.

En este primer día completo en Tokio, ya nos podemos dar cuenta de ciertas cosas. Una, que comer es muy barato. Dos, que hay más máquinas de refrescos que habitantes, ¡están por todos lados! Tres, que los japoneses son realmente un pueblo muy educado y muy receptivo. Con un arigato y una sonrisa, llegas a cualquier lado. Y cuatro, que sin polarizador no vas a ningún sitio, ya que el cielo claro y nuboso quema todas las fotos. También confirmamos que el paraguas nos ha venido de perlas. Los chaparrones te sorprenden en cualquier momento, en cualquier época del año.


Una típica escena en un tren: gente dormida o con mascarillas.


Después de un reparador sueño en futón, más cómodo de lo que se pueda pensar, y antes de empezar el día, lo mejor es dirigirse a un konbini (7eleven), y comprar provisiones para el resto del día, a saber: onigiris, gyozas y otras delicias en preciosos envoltorios. Una forma de pasar una mañana tranquila en Tokio es acercarse hasta los jardines del Palacio Imperial. El palacio solo es visitable unos pocos días al año.

De ahí, vamos a la torre de Tokio, una replica rojiblanca de la parisina Torre Eiffel. Desde su observatorio, tenemos un vista de 360º de toda el área metropolitana. Muy recomendable.


Vista desde la torre de Tokio


Desde arriba, además de la impresionante vista, un templo nos llama la atención, así que bajamos, y nos dirigimos a él. Es el templo Zojo-ji, donde, en su patio trasero, nos encontramos con un perturbador cementerio de niños no nacidos.


Cementerio de niños no nacidos bajo la torre de Tokio


En Asakusa se celebra el matsuri (festival) más famoso de Tokio, al lado del tempo budista de Sensō-ji, al que se accede a través de la Puerta del Diablo. De ella cuelgan un par de chancletas de 5 metros de alto. ¡Aibalaostia, ni que fueran de Bilbao!


Chancleta tamaño Bilbao, en Asakusa


Después de recorrer Kappabashi-dori, plagada de tiendas de suministros para el hogar y restauración (curiosísimas tiendas de palillos, cuencos e incluso comida de plástico para escaparates), nada mejor que comernos unos mochi comprados en uno de los puestos de artesanos del llamado Ground Cherry Market, a los pies del templo Sensō-ji, y sentarnos en su parque, mirando las carpas de los estanques. O mejor aún, intentando hablar con un entrañable abuelo japonés, que nos considera muy guapos y guapas, remarcando guapas, a los ojos redondos (occidentales). ¡Fabuloso!


Jardinero podando setos con unas minúsculas tijeras, en el templo Sensō-ji


Una bonita excursión sin salir de los límites de la ciudad es ir a la isla de Odaiba. Unas galácticas embarcaciones la conectan con Asakusa durante todo el día. Lo mejor de Odaiba, sin duda, son las estupendas vistas del skyline de Tokio, especialmente de noche, con toda la ciudad iluminada. En la isla, además de la estatua de la libertad y del puente de Brooklyn (así son ellos de chulos), está la sede de la TV japonesa, en un enorme edificio. Enfrente, un decante parque de atracciones al más puro estilo Long Island. Sí, es como un pequeño Nueva York en Japón.

En Ueno, no podemos pasar por alto el mercado de Ameyoko. Un fastuoso lugar donde se encuentran desde puestos de noodles o pescaderías (con un género de lo más peculiar) hasta pequeñas tiendas de antigüedades bélicas o de muñecos de Caballeros del Zodiaco. Que no se diga que tienen miedo a la mezcla. También merece la pena visitar alunos de los templos que hay en el parque de Ueno.


Plaquitas de madera con deseos, en todos los idiomas, en el templo Tosho-gu de Ueno


Bien. Hasta ahora, además de habernos vuelto tan educados como los japoneses, hasta el punto de hacer involuntariamente una pequeña reverencia cada vez que decimos gracias (arigato gozaimasu), ya hemos visitado un montón de templos, hemos comido un montón de cosas raras (¡a cada cual más rica!), y hemos estado en nosecuantos mercadillos. ¿Pero no estamos en Tokio, la mayor megalópolis del planeta? ¡Vamos pues a ver rascacielos!

Los distrititos de Shinjuku y Shibuya, en el centro de Tokio, los tienen a montones. En Shinjuku, sobre todos los demás, destaca el edificio del gobierno metropolitano, un gigantesco ayuntamiento desde el que se tienen las mejores vistas de la ciudad. ¡Y es gratis!


Panorámica nocturna de la ciudad desde el mirador del ayuntamiento, en Shinjuku


También en Shinjuku nos encontramos el barrio rojo de Tokio, Kabukichō, con sus locales de entretenimiento adulto (ejem), con enorme carteles anunciando “el género” (hombres y mujeres) o unos desconcertantes personajes con escobas que pululan por las calles, que resultan ser hombres travestidos. La yakuza (mafia japonesa) controla la mayoría de estos locales.

En Shibuya, destacan el Shibuya 109, enorme centro comercial de moda juvenil, y el famoso cruce Scramble Kousaten, el más transitado del mundo. Shibuya es el mayor centro de entretenimiento de la ciudad, concentrándose allí centenares de pachinkos, karaokes y discotecas.
Llevamos ya unos días en Tokio, y nuestro viaje no se limita a la capital. Un Japan Rail Pass (JRP, solo para visitantes), un shinkansen (tren bala) y nos ponemos en Kioto (a casí 500 km de Tokio) en 2 horas y media.

Kioto es, sin duda, una de las ciudades más increíbles del planeta. Junto a mastodonticas construcciones como la torre de comunicaciones, conserva todo el espíritu del antiguo imperio en el barrio de Gion. Paralelo al río Kamo, el callejón Pontocho podemos encontrar pequeños bares y restaurantes llenos de encanto, y si tenemos suerte, alguna geisha o maiko (aprendiz de geisha).


Una geisha o maiko acompañando a un hombre de negocios en Kioto


En los alrededores de Kioto, y accesibles en bus, tenemos más de diez templos y lugares patrimonio de la humanidad. Los imprescindibles: El pabellón dorado, el antiguo palacio del emperador, el bosque de bambú y Fushimi Inari, el santuario sintoísta más importante y conocido de todo Japón, lleno de templos y senderos (casi túneles) formados por torii (arcos). Como siempre, hay que probar la gastronomía de la zona, y en esta parte del país, el okonomiyaki, una especia de tortilla-pizza multiingrediente, es el plato estrella.


Kinkaku-ji, el pabellón dorado



Ricksaw en el bosque de bambú


Muy cerca de Kioto esta Nara, un agradable pueblo lleno de templos y simpáticos ciervos. Aquí se encuentra en mayor templo de madera del mundo, Tōdai-ji, que alberga un gigantesco buda de 15 metros de alto. Enorme, pero aun así, las chancletas de antes le quedarían grandes.


Este diablo saluda a los visitantes del templo Tōdai-ji


Osaka es otra excursión recomendable desde Kioto. Los fans de Blade Runner no tienen excusa, pues se rodó en las calles del barrio de Dotombori. Desgraciadamente, no siempre hay tiempo para todo, y en nuestro caso, Osaka queda para una próxima vez.


Estación de tren en Kyoto


No sin pena, nos despedimos de Kioto, y nos dirigimos, también en Shinkansen, a Hiroshima. En el camino haremos una parada en Kobe, para intentar probar su famosa carne de buey.

Intuíamos la dificultad de la empresa, ya que las 11 de la mañana no parecía la mejor hora para encontrar un restaurante abierto, y apenas teníamos 2 horas hasta que salía nuestro tren. Después de muchas vueltas, y justo cuando nos íbamos a rendir, lo conseguimos. Bueno, salvo por un pequeño detalle. Comimos carne “en” Kobe, no carne “de” Kobe. Vale, comimos una hamburguesa en un McDonald’s. No es lo mismo, pero oye…

Tras la decepcionante escala en Kobe, llegamos a Hiroshima. La ciudad, aunque no dispone de gran atractivo turístico, es una visita imprescindible para amantes de la historia, pues sobre ella, tristemente, fue lanzada la primera bomba atómica en 1945. Más allá de la carga simbólica del A-Dome, el único edificio que sobrevivió a la bomba atómica, y del Museo de la Paz, podemos ver el Castillo Hiroshima, no el original, sino una reconstrucción, como casi todos los templos japoneses.


El A-Dome fue el único edificio del centro de Hiroshima que “resistió” a la bomba atómica


Al día siguiente, un ferry nos llevará a la isla de Miyajima, muy cerca de Hiroshima. En esta isla no se puede ni nacer ni morir, pues es sagrada, una isla santuario, patrimonio de la humanidad, una vez más. Nada más llegar nos encontramos con Itsukushima, un santuario construido sobre el agua. Presidiendo el santuario, un enorme torii, cuya base es accesible cuando baja la marea. Miyajima es un lugar para perderse, subir al monte Misen (unos 500 m, cuidado con los monos) para contemplar las preciosas vistas, comer unas ostras a la plancha (deliciosas), o disfrutar de un plácido día en la playa. Plácido, siempre que los ciervos (más asilvestrados que los de Nara) no se empeñen en comerse nuestro mapa (o nuestra mano). Animalitos.

Torii del santuario de Itsukushima


Los días se agotan, y apenas nos quedan 3 noches en el país del sol naciente. Hasta ahora hemos dormido en albergues, hoteles baratos o casas particulares, ¿por qué no darnos un pequeño lujo? Para descansar, nada mejor que un ryokan (posada tradicional) con onsen (aguas termales). Nosotros elegimos el costero pueblo de Shimoda, un encantador pueblo pesquero en la península de Izu.

En cuanto te alejas de la gran ciudad, los paisaje mutan, los tren se ralentizan, y la indiferencia de los japoneses urbanitas hacia ti, se convierte en la curiosidad y amabilidad de los habitantes de las zonas rurales. Tras 3 o 4 trasbordos, saludar a un grupo de escolares que nos hizo la ola cuando pasábamos y un intento de conversación con una simpática señora que compartió unos chicles con nosotros, llegamos a nuestro destino de relax y contemplación. Dos días de suelos de tatami, aguas termales, desayunos tradicionales y paseos en un pueblo en el que éramos los únicos occidentales. Un auténtico paraíso.


Tiempo parado en Shimoda. Un anciano pesca en un espigón del pequeño puerto.



La bahía de Shimoda desde el monte Nesugata
Nuestro vuelo de vuelta sale de Tokio, así que de nuevo en la gran ciudad aprovechamos para visitar Akihabara, meca friki, con centenares de tiendas de anime, manga y videojuegos, además de todo tipo de tecnología nueva o usada. Sin olvidarnos de las curiosas tiendas de componentes electrónicos.

Alguno estará pensando, ¿y estos no fueron a un karaoke? Por supuesto que sí, la última noche, como colofón, nos acercamos a uno de los muchos karaokes 24 horas de Roppongi, donde por 3000 yenes por cabeza, puedes pasar toda la noche cantando La bamba, Heidi o indescifrables canciones tailandesas, malayas y por supuesto, japonesas, en una salita privada con barra libre. Recomiendo secuestrar a un nativo para ir al karaoke (como hicimos nosotros), pues las bebidas se piden por un telefonillo (y te las llevan a tu salita, que nivel Maribel), y ahí no hay lenguaje de signos que valga.

En resumen. Japón es mucho más que sushi, neones y geishas. Japón sabe a miso, ramen, arroz blanco y katsu-don. Es tradición y es modernidad, cutrez y sofisticación. Un lugar donde lo sencillo es lujoso y lo lujoso es sencillo. Una tierra de contrastes que el viajero curioso no debería perderse.

Gorka Fernández.

Fuente: Ojo Digital
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...